Lo que comenzó en 2019 con una pequeña misa mensual en portugués es hoy una comunidad que reúne a más de 300 brasileños en la parroquia Santa María de Betania, en Buenos Aires. Inspirado por la espiritualidad del Regnum Christi, el Grupo Aparecida ha encontrado en la acogida una forma concreta de vivir el Evangelio y acompañar a quienes están lejos de su tierra.

Todo comenzó con una inquietud silenciosa pero profunda en los bancos de la iglesia. Un pequeño grupo de brasileños residentes en Buenos Aires advirtió que, pese a participar activamente de la vida parroquial local, no existía un espacio donde pudieran rezar, expresarse y compartir su fe en su propio idioma. De esa necesidad compartida nació una iniciativa que, con el paso de los años, terminaría transformándose en una verdadera red de contención e identidad para cientos de migrantes.
«El Grupo Aparecida nació en 2019, en la parroquia Santa María de Betania, a partir del deseo de ofrecer un espacio de encuentro y de oración para la comunidad brasileña que vivía en Buenos Aires», recuerdan desde el seno de la agrupación. Según explican sus fundadores, en aquel momento percibieron que muchos compatriotas participaban de la parroquia, pero no contaban con ninguna propuesta pastoral adaptada a su lengua materna.
Gracias al acompañamiento del Padre Carlos Macías LC, comenzaron a celebrarse misas en portugués una vez al mes. Eran encuentros muy sencillos, con menos de cinco servidores y alrededor de diez participantes, pero cargados de entusiasmo. «Allí comenzó una comunidad que, con el paso de los años, se convertiría en un verdadero hogar espiritual para cientos de brasileños», destacan.

Certeza en los primeros pasos
Los primeros años estuvieron marcados por la sencillez y la confianza. Quienes impulsaron el proyecto recuerdan que, aun siendo un grupo reducido, tenían la certeza de que Dios guiaba cada paso. «Éramos muy pocos, pero había una profunda convicción de que Dios estaba guiando cada paso. Todo se hacía con sencillez, entusiasmo y el deseo de que cada brasileño que llegara a la parroquia pudiera sentirse acogido, escuchado y cerca de Dios», afirman al rememorar aquellos inicios.
A medida que la comunidad crecía, también fue descubriendo con mayor claridad su propia identidad. Las distintas experiencias de fe que cada integrante traía desde Brasil enriquecieron la vida del grupo. Esa riqueza cultural, combinada con la espiritualidad del Regnum Christi, fue dando forma a un carisma muy concreto centrado en el servicio.
Desde la comunidad señalan que la espiritualidad del Regnum Christi ha sido un pilar fundamental en su desarrollo: «Nos ha enseñado a poner a Cristo en el centro de cada actividad, a vivir el servicio con humildad y a comprender que toda misión nace de un encuentro personal con Él».
Con el paso de los años, el grupo fue definiendo el rasgo distintivo de su misión: la acogida. «Entendimos que nuestra misión no consiste solamente en organizar encuentros o celebraciones, sino en recibir a cada persona con el amor de Cristo, haciendo que nadie se sienta solo», explican sus miembros. Añaden, además, que esta espiritualidad los impulsa a «mirar a cada hermano como un hijo amado de Dios y a construir una comunidad donde todos puedan experimentar cercanía, escucha y esperanza».
Bajo la protección de la Patrona de Brasil: Nuestra Señora Aparecida

Ese mismo espíritu se refleja de manera directa en la elección del nombre de la iniciativa, profundamente ligado a las raíces y a la devoción del pueblo brasileño.
«Elegimos el nombre ‘Aparecida’ porque Nuestra Señora Aparecida es la patrona de Brasil y representa un vínculo muy profundo con nuestras raíces, nuestra cultura y nuestra fe», afirman los referentes del grupo. Para ellos, llevar su nombre constituye un recordatorio constante de que María siempre conduce a sus hijos hacia Jesús. «Ella acompaña a tantos brasileños que viven lejos de su tierra y nos inspira a ser una comunidad que acoge, consuela y evangeliza con el mismo amor maternal».
Resiliencia y consolidación
Como ocurrió en diversos ámbitos, la llegada de la pandemia obligó a suspender las actividades presenciales durante casi dos años. Sin embargo, el regreso paulatino a la vida parroquial en 2022 marcó también el renacer del Grupo Aparecida. A las tradicionales misas mensuales en portugués se sumaron adoraciones al Santísimo, grupos de oración, el rezo del rosario semanal en modalidad virtual, retiros espirituales y festividades culturales y religiosas de gran convocatoria, como la Fiesta Junina y la fiesta patronal de Nuestra Señora Aparecida.
En la actualidad, son más de 300 las personas que participan habitualmente de la vida de la comunidad, sostenida por la labor constante de cerca de 30 servidores. No obstante, para quienes forman parte de Aparecida, el verdadero impacto de su labor no se mide en cifras estadísticas.
«Con el tiempo comprendimos que el Señor nos estaba mostrando con claridad cuál era nuestra misión: acoger», reflexionan los integrantes de la pastoral. Y es que la realidad del migrante suele estar atravesada por múltiples desafíos emocionales: «Muchos brasileños llegan a la Argentina con nostalgia de su hogar, lejos de sus familias, atravesando momentos de incertidumbre, soledad o incluso pensando en abandonar sus sueños. En el Grupo Aparecida encuentran mucho más que una actividad parroquial: encuentran una familia que los recibe, los escucha, camina junto a ellos y reza por ellos».
Un legado que continúa

A lo largo de este camino, la guía y el acompañamiento del Padre Carlos resultaron fundamentales para consolidar la estructura de la comunidad durante sus primeros años. Hoy, esa labor pastoral de cercanía continúa de la mano del P. Raúl González LC, y del P. Aarón Ríos LC, quienes acompañan el día a día del grupo en la parroquia Santa María de Betania.
A seis años de aquella primera misa que reunió a apenas una decena de fieles, el Grupo Aparecida se proyecta hacia el futuro con la misma convicción que motivó sus primeros pasos: garantizar que cada brasileño que desembarque en Buenos Aires encuentre un espacio fraterno donde vivir su fe, reencontrarse con su cultura y experimentar, a través del abrazo comunitario, el amor de Cristo.