“Conectar con Jesús y con el otro”: el valor del encuentro en el ECYD de Argentina 

Cuatro días de convivencia, deporte, oración y misión reunieron a casi medio centenar de adolescentes con jóvenes y familias de otra localidad de Argentina. Un encuentro donde la acogida generosa, la escucha mutua y la amistad en torno a Cristo consolidaron lazos de comunión que superan cualquier distancia. 

La mística del ECYD no se enseña en una sala ni se reduce a un concepto abstracto: se experimenta cuando las puertas de una casa se abren de par en par para recibir a alguien que hasta hace unas horas era un desconocido, pero con quien se comparte la misma fe. Con esa convicción, del 28 al 31 de agosto, 47 chicos y chicas viajaron para encontrarse con jóvenes y familias de otra comunidad del país, en un fin de semana marcado por la Copa ECYD, el tradicional concurso «Canta y baila», momentos de misión y vida compartida.

Para los formadores, acompañar este proceso significó constatar la fuerza formativa de los vínculos auténticos. «Para mi este viaje fue una oportunidad única para conectar más con mis chicos y no pude haberlo aprovechado mejor«, destaca Agus Alvz, responsable del grupo.

Familias que abren sus puertas

El verdadero corazón del encuentro estuvo en la generosidad de las familias que hicieron de sus propios hogares una extensión de la comunidad. Para muchos de los participantes, alojar en casas de chicos de otra provincia transformó por completo la experiencia. Justi Saggesse, de 2da etapa, lo resume desde el afecto: «Disfruté convivir con las salteñas y me llevo amigas que me hice para toda la vida. La pasé excelente en el viaje y fue uno de los mejores viajes de mi vida«.

Esa misma vivencia de hogar y comunión inmediata la describe Ele Fragni: «Para mi Salta fue una muy buena experiencia porque es una oportunidad para conocer personas nuevas y conectar más con Jesús haciendo actividades muy divertidas para todos. Me encantó estar en casa de las Salteñas porque nos divertimos mucho«. Para Emma Watle, el fruto fue doble y simultáneo: «Me gustó mucho conocer a las Salteñas, hacerme muchas amigas. También me acerqué más a Dios«.

Derribar barreras y reencontrarse

La convivencia no solo generó puentes entre localidades distantes, sino que transformó la dinámica interna de los propios adolescentes, abriendo espacios de diálogo con compañeros con quienes habitualmente no conversaban tanto.

«Fue una oportunidad para conocer nuevas personas y poder hablar con gente que no hablaba tanto. Me encantó poder hacer amigas de Salta y también me gustó la preparación del canta y baila. Aprendimos a escucharnos entre nosotras«, comparte Oli De Zavaleta. En esa misma línea, Fausto Ravetta resalta que «Las actividades me encantaron y me pareció una experiencia muy buena. Además fue una oportunidad para pasar tiempo con gente que no hablaba mucho«. Mientras Marcos Derito (1ra etapa) recuerda que le gustó «la naturaleza y los paisajes, aprender sobre la Virgen del Milagro, aventurarme en los bosques y la feria. Me encanta el ECYD«.

El valor de escucharse y reconciliarse

Uno de los aprendizajes más profundos del fin de semana no ocurrió necesariamente en la competencia, sino en el trabajo previo y coordinado del concurso «Canta y baila». Para Guada Bassa, el esfuerzo de coordinación grupal se tradujo en una lección humana: «Para mi Salta fue una muy buena experiencia y me ayudó a conocer mucho más a Dios. Me encantaron las actividades pero sobre todo el Canta y Baila, donde pudimos escucharnos entre nosotras«.

Esa vivencia comunitaria demostró además que la pertenencia al ECYD trasciende el hecho físico de viajar o quedarse. Joaqui Massun, quien participó activamente de todo el proceso de ensayos aunque finalmente no pudo sumarse a la delegación, dejó uno de los testimonios más reveladores sobre la verdadera unidad:

«En el proceso del Canta y Baila me divertí mucho porque además de haber pasado tiempo con mis amigas, aprendí a conectarme con Jesús, a decir lo siento y a querer más a las personas que tengo alrededor. Aunque no pude ir a Salta, me alegra ser parte del ECYD«.

Al volver a la rutina, lo que permanece no es solo el recuerdo de cuatro días de diversión, sino la certeza de pertenecer a una familia viva en la Iglesia, donde aprender a escuchar, pedir perdón y salir al encuentro del otro es el camino diario para seguir a Jesús.